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jueves, 19 de febrero de 2015

CAPÍTULO 4 "EL PIANO DE COLA"

No puedo decir que aquellos años de estudio en el colegio de las Ursulinas fueron malos porque adquirí una base cultural muy alta la cual, más tarde, me sirvió para desenvolverme en la vida de una manera más o menos desahogada en momentos difíciles. Aprendí francés a la perfección, un inglés medianamente bueno y todos los conocimientos que una señorita de buena familia de la época necesitaba poseer para valerse correctamente en la sociedad de aquellos tiempos.
Lo más hermoso para mí y lo más entretenido, eran las clases de solfeo y más tarde las de piano que llevaban hasta mi memoria momentos entrañables de las horas pasadas con la señorita Elisa delante del piano de cola en la casa de mi abuelo.
Mi hermana Gracia no tuvo ningún hijo. Acostumbraba a recogerme cuando finalizaba el mes de julio para pasar las vacaciones en nuestra casa grande de Colloto. Era el momento de quitarme el uniforme negro y ponerme el traje de calle tan deseado.
Las primeras vacaciones fueron en el verano de 1906, yo había cumplido los once años y comenzaba a cambiar mi cuerpo de niña a mujer por lo que me vi obligada a embutirme el vestido blanco y dejar algunos botones desabrochados. Mi hermana Gracia se quedó asombrada del cambio y eso me confirmó la falta de interés hacia mi persona. Cuando llegamos a la casa nos esperaba su marido Faustino en cuya cara pude también adivinar la sorpresa por aquel cambio incipiente de mi fisionomía. Su mirada me repugnó y para evitar saludarlo, disimulé como acostumbraba. De manera un tanto infantil, como si no fuera consciente de mis actos, corrí a la cocina para encontrarme con Casimira. La sorpresa fue mía entonces. Me encontré con una anciana de pelo completamente blanco, encorvada y casi ciega que apenas me reconoció. No podía imaginar tanto cambio en tan poco tiempo y me eché a llorar. Supongo que el llanto no fue solamente por el cambio encontrado en la mujer que me había cuidado siempre sino por un cúmulo de situaciones amontonadas unas encima de otras y que yo todavía no sabía poner en orden para darles el valor correspondiente. Una vez reconocida por Casimira, me llenó de besos y abrazos y acompañadas de mi hermana, en una complicidad secreta de miradas y gestos subí hasta mi habitación.
Era una estancia bastante grande como todas las habitaciones de la casa. Situada en el primer piso con una gran alfombra sobre la que se encontraba una cama con dosel donde yo había dormido desde siempre. En la pared de la derecha se podían ver dos balcones cubiertos por unos estores blancos y cortinajes de terciopelo granate desde donde se divisaba el jardín. Al entrar, no lo vi en un primer momento pero al observar las expresiones expectantes de mi hermana y Casimira, me fijé en el rincón. Entre la puerta y uno de los balcones, se encontraba el piano de cola perteneciente a mi abuela, donde había aprendido a tocar bajo la enseñanza de la señorita Elisa. El llanto volvió a mis ojos al mismo tiempo que me invadía una alegría inverosímil; el recuerdo maravilloso de aquel tiempo transcurrido en casa de mi abuelo, me llenó de una añoranza jamás experimentada.
Lo primero que hice fue levantar la tapa e interpretar la sonata "Para Elisa" de Beethoven tantas veces practicada en casa del abuelo, ahora, mis conocimientos adquiridos en las Ursulinas, habían mejorado mi trabajo y tanto mi hermana Gracia como Casimira, quedaron sorprendidas de mi pericia.
En los días pasados en la casa antes de volver en Septiembre al internado, pude darme cuenta de cómo cambiaban las cosas en la vida de cada uno de una manera lenta pero inexorable y comprendí que a Casimira le quedaba poco tiempo para estar allí. La mujer ya no tenía la capacidad de años atrás y cierto desorden y falta de limpieza, comenzaba a notarse en la casa. Mis razonamientos también iniciaban un cambio al igual que mi cuerpo y supe que si queríamos mantener aquella casona, se debería de contratar a gente más joven para cuidarla pero yo era una niña todavía sin suficiente capacidad para opinar, por lo tanto, callé y procuré ayudar en todo cuanto podía. Le encendía a Casimira las teas para los fogones, le ayudaba a llevar cubos de agua, me arreglaba mi habitación para evitarle a ella el trabajo de hacerlo y por las tardes, ambas paseábamos por entre el bosque de castaños, cruzábamos el puente romano y nos parábamos a ver correr el río de aguas claras. Luego, poco a poco, entre huertos de manzanos, regresábamos hasta la casa para preparar la cena y descansar.
Aquel año practiqué mucho el piano y también me sentí muy sola. No había niños a mi alrededor, sólo en una casa de labriegos algo alejada de la nuestra, vivía un matrimonio con un hijo de mi edad a quien llamaban Pepín y alguna vez me acercaba para ver como ordeñaban las vacas o para acariciar al perro que me recordaba a Trisqui, aquel del que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo desaparecido tras su muerte.
Estos cambios hicieron de mi vuelta a las Ursulinas un regreso más alegre, incluso sentí unos enormes deseos de volver a ver la casa pintada de rojo, los jardines que la rodeaban, las escaleras semicirculares que ascendían hasta el porche de cuatro columnas sobre el cual se encontraba el mirador y aunque no conseguí nunca hacer grandes amigas pues siempre seguí siendo una niña silenciosa y algo triste, sí sentí placer al ver otra vez a mis compañeras.
Mi vida continuó rutinaria y monótona durante tres años más pero el verano de 1910 cuando yo había cumplido los quince años, todo cambió otra vez.

miércoles, 18 de febrero de 2015

CAPÍTULO 3 DE MI NOVELA "EL PIANO DE COLA"





Yo escuchaba en silencio cuanto ocurría alrededor, observaba y sacaba mis conclusiones sin comentarlas con nadie.
Quien sintió más pena por la muerte de mi padre fue Casimira, su dolor era sincero, sin embargo, a mis hermanas se las veía pendientes de la preparación de su futuro y así fue como, las tres, contrajeron matrimonio el mismo día en una ceremonia austera, unos meses después del desgraciado suceso.
Alondra se fue a vivir con su marido a Cudillero donde el indiano era dueño de varias propiedades; Paloma a Oviedo con la sonrisa más maravillosa que se pueda imaginar, para ayudar a su marido en la tienda de paños y Gracia, se quedó en nuestra casa con el odiado ganadero que, por cierto, se llamaba Faustino. Casimira siguió cuidando de mí mientras atendía los quehaceres del hogar aunque se le acabaron los privilegios concedidos en vida de mi padre. Y así fue como comenzaron las visitas diarias a la casa de mi abuelo, mi aprendizaje en la lectura, el uso desbordado de mi imaginación y el descubrimiento de una facultad que me sirvió mucho en la vida. Como perro sabueso, cuando conocía a una persona, descubría con antelación sus pensamientos y la sensación causada en ella por mi persona. La primera vez que fui consciente de esta facultad fue el día de la muerte de mi padre porque, como ya he dicho con anterioridad, al ver lo sucedido se serenó mi espíritu con esa tranquilidad que se siente al ver realizado un acontecimiento esperado pero del cual se desconoce la fecha de su ejecución. En aquel momento exacto fue cuando supe que poseía la facultad de prever o predecir sucesos pero no evitarlos, sólo se me avisaba de algo pero no sabía de qué exactamente y esperaba con ansiedad el desenlace de algún incidente extraordinario. Esa sensación la tuve desde el primer día que me presentaron a Faustino, el marido de mi hermana Gracia. Aquel hombre alteraba mi entereza hasta el extremo de cortar mi respiración. Durante años intuí sería el causante de serios problemas en mi vida.
Poco después de cumplir los cinco años, mi abuelo le comunicó a mi hermana Gracia su deseo de ponerme un tutor que se encargara de mi enseñanza y como a mi hermana no le importaba ni mucho ni poco mi persona mientras la dejara tranquila, accedió sin reparo alguno y así fue como conocí a la señorita Elisa, la persona que, con mi abuelo, fueron las dos más recordadas con afecto a lo largo de mi vida.
Las clases se desarrollaban en la casa de mi abuelo, dos horas por la mañana y dos por la tarde. La señorita Elisa llegaba cada mañana en una tartana tirada por un pequeño jaco que ella misma guiaba y se marchaba por la tarde. Ella fue la única persona que mi mente pudo interpretar como madre. Fuera de las horas lectivas, lo mismo ayudaba a Mateo a podar rosales o desherbar macizos del jardín que a preparar un café o un chocolate para mi abuelo e incluso la comida, era preparada por ella. Yo pasaba el día en aquel lugar desde las diez de la mañana en que ya escuchaba el rodar del pequeño carro desde la verja de entrada donde siempre permanecía apostada para verlo aparecer por la curva del camino de tierra bordeado de castaños, robles y hayas. Aquellos cinco años vividos hasta la muerte de mi abuelo, fueron los más felices de mi vida.
Los momentos más agradables de mis estudios eran las clases de historia, tanto de España como Sagrada porque me parecían cuentos con un principio, un nudo y un desenlace; las de urbanidad, en las que la señorita Elisa me enseñaba a comportarme en la sociedad, en la conducta en la mesa, en el trato con las personas mayores, cuando debía hablar o callar… En aquellos momentos teatrales en los cuales actuaba fingiendo momentos imaginarios, me sentía como una reina en el deber de saludar a sus súbditos y mantener, al mismo tiempo, un trato regio con todos en general. Pero sobre todo, lo que más amaba, eran las clases de música.
En una hermosa sala que, según comentaba mi abuelo, había sido la más frecuentada por mi abuela, gran amante de la música, se hallaba un hermoso piano de cola en cuyas teclas aprendí la destreza de la interpretación musical. Ha quedado grabada en mi memoria de manera permanente la ilusión sentida el día en que pude ejecutar los primeros compases del "Para Elisa" o el "Claro de Luna" de Beethoven, el Vals de las Olas o una sonata infantil de la que nunca supe si tenía nombre y que nos divertía tocar a cuatro manos a la señorita Elisa y a mí. Pero todo acabó, otra vez, cinco años después, el día en que mi abuelo murió de lo que dijeron era una apoplejía como, creo, ya he dicho anteriormente.
Una vez finalizados los funerales, la casa donde había pasado tantos ratos agradables, desapareció de mi vida, al mismo tiempo que la señorita Elisa se despedía de mí hecha un mar de lágrimas. Mi hermana Gracia tenía en mente otra idea para mi educación.
Fue una tarde a principios de verano. En la casa grande o casona, como se denominaba la mansión en donde convivíamos Gracia, su marido Faustino, Casimira y yo, se presentó la señorita Elisa reclamada por mi hermana para hablar sobre su futuro e, indirectamente, también del mío. Yo estaba presente en la sala de recibir cuando apareció por la puerta mi tutora, a mi me pareció un poco pálida y con un gesto severo. Mi hermana Gracia no se anduvo por las ramas, aprovechó como excusa para despedirla la proximidad del tiempo vacacional, le dio un cheque con su sueldo, agradeció sus servicios y la despidió. Jamás se borrará de mi mente su imagen semejante a una figura de piedra, sin sentimientos.
La señorita Elisa vestía un traje azul fuerte con un ligero polisón, se adornaba con un sombrero pequeño que lucía en el lado izquierdo unas margaritas y lo sujetaba por encima de su moño con un gran alfiler de cabeza de ámbar. Me abrazó con lágrimas en sus mejillas y sin que mi hermana se percatara del detalle, metió en el bolsillo de mi guardapolvos un pequeño trozo de papel doblado. Volvió a abrazarme con fuerza, me dio un largo beso y se marchó. Yo corrí tras ella hasta verla desaparecer después de cerrar la verja del jardín mientras se dirigía hasta su tartana. Así se ausentó de mi vida, pero solamente por un tiempo.
Cuando volví a la casa, me encerré en la enorme cocina donde Casimira se dedicaba a encender los fogones y sentada en uno de los varios taburetes colocados debajo de la mesa grande de madera, me dediqué a leer lo escrito en aquel papel entregado en secreto por la señorita Elisa. Ponía lo siguiente: Elisa Martínez Cueto, Calle Fray Ceferino, 15. Oviedo. Comprendí que era su dirección en la ciudad y sin que nadie se percatara, mientras fingía un juego infantil y esos enredos de niños que van de un lado a otro, llegué a mi habitación. En el libro de urbanidad, "La Buena Juanita", guardé la nota entre dos hojas.
Aquel otoño mi hermana Gracia y su marido Faustino, me ingresaron como interna en el Colegio de las Ursulinas de Jesús en Oviedo.

martes, 17 de febrero de 2015

CAPÍTULO 2 DE MI NOVELA "EL PIANO DE COLA"

Para llevar un poco de orden y no se desmande la historia, he de retroceder al día de mi quinto cumpleaños, aquel día en el que murió mi padre, pero primero hablaré de mis hermanas.
Su fotografía mental es como la imagen fija en una tarjeta. Las veo a las tres en un día de otoño, con sus vestidos blancos, sus pamelas enormes y cada una comportándose según su carácter. No sé si esta imagen es real o ficticia pero cuando pienso en ellas, es lo primero en llegar a mi memoria. Paseando por el jardín de nuestra casa, hundidos sus pies calzados con escarpines blancos, entre las hojas amarillas de los castaños que bordeaban el paseo, cuchicheaban felices a la espera del cumplimiento de una vida feliz. No sé si expreso esta figura porque algún día las vi así o porque mi imaginación les da esas características, pero ese es siempre el primer recuerdo de mis hermanas.
Para mí eran unos seres lejanos, poco familiares, me acariciaban cuando me veían, algunas veces se escapaba un beso, sobre todo por parte de Paloma, la menor de ellas, y poco más. Yo era eso que estaba ahí, la causa de la muerte de mamá y de que mi padre no hubiera soportado la soledad de su vida.
Gracia, la mayor, contaba 22 años cuando ocurrió el suceso y tenía programado su matrimonio con un hombre de 30 comerciante de ganado vacuno; alto, grande, barbudo y feo que yo odiaba en silencio. Alondra, era la más sería, a los 21 años parecía ya como si tuviera 30 y casó, poco después de la muerte de mi padre, con un indiano sin necesidad de trabajar, todas las riquezas le llegaban de más allá del Atlántico. Era rubio, relativamente hermoso y presumía mucho de sus andanzas por las Américas. Llegaba casi a cuarentón pero esto no era ningún problema para el matrimonio con Alondra porque, como ya he dicho, nadie podía decir de ella que solo tuviera 21 años. Paloma era para mí la más hermosa, la más alegre y amable, con un pelo dorado como el cobre, abundante y ligeramente ondulado, lo llevaba siempre recogido en un moño en el centro de la nuca. Era dueña de una maravillosa sonrisa y de unos ojos chispeantes de un azul ligero y suave igual al cielo de Asturias. Paloma casó con el hijo del dueño de una tienda de paños con sede en la calle Campoamor de Oviedo. Creo que fue la única que se casó verdaderamente enamorada y la que vivió más feliz.
Aquel día de mi quinto cumpleaños era 30 de Mayo, día también de Santa Felisa. Casimira, después de dar el visto bueno a mi vestido blanco, a mis medias negras, sujetas por las gomas de los pololos y recolocar el lazo azul sobre aquellos tirabuzones que comenzaban a alisarse, me dio un empujoncito para que entrara al despacho donde se encontraba mi padre. Todo estaba en silencio, la alfombra roja ocupaba el suelo al completo donde se veía una mesa rectangular de madera labrada situada en el centro. La silla de respaldo alto, acolchado con una tela roja, donde se encontraba sentado mi padre, estaba vuelta hacia el ventanal desde el cual se divisaba el jardín y la verja de entrada flanqueada por dos cedros de grandes dimensiones que siempre me parecieron los centinelas de aquella mansión.
En silencio, me acerqué despacio hasta la silla para darle los buenos días y lo que vi me dejó estupefacta, sin embargo, no puedo decir si sentí miedo, sorpresa o una rara serenidad porque algo que ya presentía, acababa de cumplirse. El rostro de mi padre era una masa informe y sanguinolenta imposible de distinguir. La sangre chorreaba empapando su camisa y el respaldo de la butaca mostraba una mancha de una materia compacta y ensangrentada a lo que no pude dar nombre. Tan despacio como entré, salí, y mis palabras borraron la sonrisa de la cara de Casimira que me esperaba tras la puerta.
-Papá está muerto.
Después de un momento de quietud supongo que para ordenar las ideas, Casimira entró en la habitación alborotando con el revoloteo de sus sayas las partículas de polvo en un rayo de sol que penetraba a través de los cristales del ventanal y entonces oí el grito, las carreras de mis hermanas, los llantos y el desbarajuste organizado hasta que, Casimira y mi hermana Alondra acertaron con el orden. Lo primero que se debía hacer era avisar a mi abuelo para que Mateo se acercara con la tartana a buscar al médico. Yo era muy pequeña, pero la decisión me extrañó porque yo sabía muy bien que los médicos curaban a los enfermos y mi padre no se sentía enfermo sino que estaba bien muerto.
A partir de entonces todo cambió en la casa como ya he dicho.

lunes, 16 de febrero de 2015

PRIMER CAPÍTULO DE MI NOVELA "EL PIANO DE COLA"



EL PIANO DE COLA

                                             
                                                FELISA
                                                     
      
       Mi padre se suicidó de un tiro en la boca el día que yo cumplí cinco años. Casimira, la criada que me cuidaba, me había puesto un vestido blanco lleno de volantes y cintas, se entretuvo en peinar mi pelo lacio con unos tirabuzones que le costó un esfuerzo sobrehumano conseguir a base de calentar unas tenacillas para ondular el pelo y me colocó un enorme lazo azul en la cabeza como adorno de aquella cara seria de mirada triste que yo tenía por aquel entonces.
       Nunca he podido saber la razón  de mi nombre, pero una de las suposiciones puede ser  porque era el femenino de Félix y así hubiera sido nombrado el varón tan deseado `por mis padres cuando yo nací y otra, la coincidencia del Santo del día de mi nacimiento.
       Tampoco tengo muy claro si fue una desgracia la muerte de mi madre en el parto, supongo que sí, pero como nunca disfruté de sus caricias ni conocí esos arrebatos de cariño maternales con los cuales, con el tiempo, he visto deleitarse a otros niños, esa carencia no hizo ningún menoscabo en mi emotividad. Crecí siendo una niña solitaria, silenciosa, observadora y poco dada a las risas y los juegos.
       Aunque tenía tres hermanas mucho mayores que yo y cualquiera de ellas podría haber desempeñado a la perfección el papel de madre, ninguna lo hizo y  puedo decir sin temor a equivocarme, que a ninguna de las tres se le pasó por la cabeza la idea. Por lo tanto, quedé al cuidado de una criada que hacía todas las labores de la casa. Además de atender mis necesidades infantiles era cocinera, doncella, ama de llaves, jardinera, limpiadora y se tomaba algunas otras atribuciones que, tal vez, no le correspondían, como, por ejemplo, administrar a su gusto el dinero entregado mensualmente por nuestro padre para encargarse de las necesidades de aquel hogar y otras más íntimas las cuales yo, todavía, no sabía discernir.
        Lo del vestido y el lazo no lo tengo en la mente como un primer recuerdo de mi vida, lo sé porque, aun siendo un día aciago por aquello de la muerte de mi padre, el fotógrafo estaba contratado y la foto se hizo, aunque salí yo sola  en lugar del grupo familiar como, en un principio, estaba dispuesto se fotografiara. Esa foto todavía la conservo como un recuerdo especial porque, a partir de aquel día, las cosas cambiaron de manera rotunda en mi vida.
        Me considero una persona poco afectiva, aunque no estoy muy segura de ello porque, en algunas ocasiones, se me parte el corazón cuando compruebo el amor mutuo que se profesan otras personas y en esos momentos, se apodera de mi mente un sentimiento irritante  al que creo poder denominar envidia.
       Tanto mis hermanas como yo celebrábamos nuestra onomástica el mismo día del cumpleaños así, la mayor con diecisiete años más que yo, se llamaba Gracia porque había nacido el 8 de Septiembre, la segunda, Alondra, un año más joven, escogió la venida a este mundo el 22 de Octubre y la tercera, Paloma, lo hizo un 15 de Agosto del siguiente año en un parto adelantado  muy comentado en la familia. Este detalle de los nombres escogidos del mismo día del nacimiento,  tanto pudo ser un capricho de mi madre como querer continuar con la antigua tradición de poner  a los vástagos el nombre del santo del día  pero eso nunca lo he podido saber porque nadie me lo ha dicho.
       La persona  más recordada a lo largo de mi vida con ese sentimiento denominado cariño tan poco usado por mí es  mi abuelo, el padre de mi madre. En aquellos años vivía en una finca cercana a la nuestra, algo más pequeña eso sí, a donde yo iba a visitarle tantas veces como libre tuviera el tiempo y me fuera permitido por las normas marcadas por Casimira  que yo debía cumplir.
       Lo recuerdo como un anciano dulce y severo al mismo tiempo y la evocación  más grata que conservo de su persona es el contacto de su mano, suave y cálida que, algunas veces, apretaba la mía hasta hacerme daño. Cuando yo llegaba a su casa me gustaba zarandear el badajo de la campanilla de la verja de entrada con todas mis fuerzas, además de por el temor a no ser oída cosa que, afortunadamente nunca sucedió, por retener en mis oídos el tintinear metálico de aquella campanilla de bronce anunciadora de mi visita que repiqueteaba en el monte como sonido misterioso de cuento de hadas y gnomos.
       Mateo, el jardinero y hombre para todo, además de ser tan viejo como mi abuelo, abría la puerta y con una mueca  parecida a una sonrisa, me franqueaba la entrada.
        El abuelo me esperaba sentado en un  sillón de mimbre detrás de la cristalera del mirador al que llamaban invernadero porque estaba lleno de plantas que, tanto Mateo como él, cuidaban con una exquisitez muy parecida a la ternura,  ya dispuesto para salir a dar el paseo correspondiente. Vestido con un traje de lo que llamaban alpaca en verano y de paño en invierno, un sombrero de fieltro, un bastón de empuñadura de marfil y un chaleco en cuyo bolsillo izquierdo guardaba un reloj de plata sujeto por una cadena del mismo metal que se aseguraba en el segundo botón de aquel chaleco, su gesto siempre era el mismo y yo lo esperaba como si fuera la campanada que dispusiera el momento de emprender el camino.
        Se levantaba de su sillón con parsimonia, se colocaba el sombrero en la cabeza, cogía el bastón con la mano derecha y con la izquierda, sacaba el reloj del bolsillo, le daba cuerda durante unos segundos girando la ruedecilla, momento en el cual colocaba el bastón bajo su brazo para poder usar la diestra, levantaba la tapa que cubría la esfera apretando una pequeña muesca situada en el borde del reloj,  miraba la hora, cerraba la tapa con un chasquido suave y volvía a guardar el reloj en el bolsillo del chaleco. Entonces era el momento de coger mi mano con su izquierda y balanceando la vara de bambú de arriba abajo otra vez con la derecha, taconeaba con la contera de goma, siempre bien cuidada, como si fuera el marcapasos del paseo tan deseado. Siempre íbamos al monte, seguramente porque era lo  más cercano y en muchas ocasiones, por no decir siempre, nos acompañaba Trisqui, un perro blanco de manchas canela que mi abuelo decía era mezcla de podenco y galgo.
       Lo más hermoso de mi abuelo según mis apreciaciones de aquellos años, era la barba. Una barba sedosa, con más hebras canas que de su color castaño auténtico, partida en dos como los personajes  dibujados en la Biblia que  él acostumbraba a leerme en las tardes de lluvia, historias con las cuales comencé a aprender a leer también ayudada por él.  Cuando veía a Moisés entre aquellos dibujos inverosímiles  de nubes y zarzas ardientes llevando entre sus manos la piedra que mi abuelo decía eran las Tablas de la Ley  entregadas por Dios para hacernos cumplir sus mandatos,  me quedaba ensimismada mientras observaba la barba larga de aquel ser fantástico que me causaba cierto temor como si él mismo fuera ese Dios justiciero que me señalaba  personalmente como  el único ente vivo  obligado a cumplir  los diez mandamientos. Mi abuelo era entonces para mí el mismísimo Moisés, Jonás, Job, Abraham y hasta el mismo Dios sentado en un mítico trono entre nubarrones tormentosos, rodeado de rayos y centellas que me señalaba acusador con su dedo índice.
       La lectura en las tardes de lluvia era para mí una delicia. Nos sentábamos en el luminoso invernadero alrededor de una mesa camilla donde, entre los tiestos de camelias, orquídeas  y helechos, leíamos y escuchaba historias y cuentos que llenaban mi imaginación de escenas, las cuales, más tarde, en la soledad de mi lecho, transformaba mi mente en deseadas realidades dispuesta a poder alcanzarlas algún día.
        El invernadero era una habitación de reducidas dimensiones a la cual se llegaba después de bajar media docena de escalones desde un lateral del vestíbulo en donde, además de las plantas, la mesa camilla y varias sillas, se encontraba un sofá y el sillón de mimbre lleno de cojines donde mi abuelo aposentaba su ya viejo cuerpo. Además de Trisqui que, cuando entraba allí se hacía una rosca para dormir una siesta sobre la alfombra redonda que cubría casi toda la sala, pululaban por la estancia, subiendo y bajando de la entrada hasta el jardín, un montón de gatos que nunca se peleaban entre sí y a los que jamás  Trisqui perseguía. Eran gatos gordos, tranquilos y mimosos que se dejaban acariciar y que, pasado el tiempo, al recordarlos en mi vida adulta, pensé si estarían todos ellos capados pues nunca he vuelto a ver unos gatos callejeros tan gordos ni pacíficos. Pero eso tampoco lo supe nunca.
         Allí en aquella mesa, Mateo nos servía un chocolate espeso y caliente con unos picatostes como tampoco  nunca he vuelto a probar. Ahora pienso que toda la bondad de las cosas que me rodeaban estaba en mi  desbordada mente infantil y no en la realidad.
          Casimira, venía a buscarme cuando se hacía la hora de la cena con un paraguas enorme más parecido a un palio, lloviera o no, y bajo el cual yo me escondía pegada a sus faldas, unas faldas con olor a masa de pan y bollos, a hierbas aromáticas, a guisos familiares, olores entre los cuales crecí y siempre calzada con unas almadreñas para protegerse los pies mientras, en la mano, traía otras para mí con las que yo imaginaba ser la pastora de los cuentos acabados de leer.
 Pero todo eso terminó al cumplir yo los diez años. Mi abuelo murió de lo que dijeron era una apoplejía, la casa se cerró y poco a poco, se abandonó. Los cardos crecieron en el jardín y el invernadero se vació de plantas. Nunca pude saber qué le sucedió a Mateo ni a Trisqui ni a los gatos. Toda la dulce paz de mi infancia se esfumó como el humo de las chimeneas que se deshacía en hilachas entre las nubes bajas cargadas de lluvia. Aquel fue el segundo cambio de mi vida.

jueves, 12 de febrero de 2015

FRAGMENTO DE MI NOVELA "A G U R"




" Con lentitud, emprendí el camino de vuelta al Hotel. Cuando llegué a la bahía, las luces de la ciudad se encendieron creando un ambiente mágico. La panorámica era de tarjeta postal, de una belleza incomparable. Una ciudad que si se visitaba sin estar enamorado, era imposible no llegar a sentir el amor en ella. Todo el entorno de la ciudad era un envoltorio sensitivo, voluptuoso, hasta casi erótico. La ciudad, su energía, invitaba a dar y recibir plenamente la pasión, pero una pasión pura, auténtica. San Sebastián era la ciudad de los grandes amores. Allí nadie podía permanecer insensible.""

lunes, 9 de febrero de 2015

LA PAGA EXTRA



EN EL MES DE LOS ENAMORADOS
                                                            
Dedicado a todos los que se aman
y a los que entregan amor.
                                                        


                                   LA PAGA EXTRA




       No podía creer lo que estaba ante sus ojos. Imposible que fuera realidad. Todos sus sueños, aquello que siempre queda en el rincón donde no se mira para así poder evitar el llanto de las frustraciones, ella lo tenía, era suyo. Le pertenecía. Un sueño hecho realidad.
       Ana era una mujer dulce, con bastantes más de sesenta ya cumplidos años. Soñadora y realista por obligación, se le había exigido, ¡tantas veces! colocar los pies en el suelo... Sin embargo, no quería poner cerco a su imaginación, la dejaba libre aun en los momentos más tensos o dramáticos  para que surcara aires, mares, espacio infinito en ese afán por evitar la tristeza. Pero la vida, como si tuviera envidia de aquella libertad de pensamiento que la ayudaba a ser feliz, aplastaba sus ideales con furia dolorosa. Había sufrido decepciones, desengaños, escasez, enfermedades, muertes y todas las venció con más o menos esfuerzo, siempre tuvo la dicha de salir triunfadora aunque sin poder evitar los rasguños y cicatrices perpetuamente grabados en su corazón, signos inequívocos de la batalla.
       Al fin, la vida, como inmortal vencedora, la había dejado sola, sin nada. Los hijos esparcidos por el mundo, cada cual con sus luchas personales a las que enfrentarse. El esposo eternamente desaparecido entre los brazos descarnados de esa muerte cruel que acostumbra a llevarse los amores como celosa amante despechada. Solo le quedaba una casa que poco a poco se quedaba vacía. Debía vender si quería sobrevivir, y  en el interior de aquella vivienda que, un día ya lejano, estuvo llena de risas, cantos, alegrías y tristezas que se consolaban con la comprensión mutua, ahora, un espacio tras otro quedaba hueco; sin luz, sin vida, sin nada...Y Ana, continuaba haciendo lo único que sabía hacer bien, soñar.
       Cierto día, cuando como otras veces se vio ante la prosaica necesidad del dinero para continuar su existencia, buscó entre los libros de aquel esposo culto, amante de los estudios y rebuscó, entre lo menguado ya, por si quedaba algo para vender. Escondidos en medio de los volúmenes más antiguos, encontró dos ejemplares encuadernados en piel, en cuyo interior unas hojas finas semejantes a papel biblia, mostraban un texto en latín. No entendía mucho sobre ediciones antiguas pero creyó ver estaban editados a finales del siglo XVIII  y pensó si podían tener un valor que la ayudara a mitigar los apuros económicos por lo menos durante un corto tiempo. Luego... seguiría soñando... ya encontraría otra solución.
       Aquella tibia mañana, salió dispuesta a solucionar su problema. Paseaba por entre los caminos del parque entretenida su mente en invenciones de historias con árboles centenarios que cobraban vida,  cuentos de brujas y duendes escondidos entre los parterres de arbustos y flores, mientras su cuerpo ligeramente delgado, absorbía con avaricia, los rayos de sol. El tono azul de su vestido vaporoso, se movía al compás de sus andares lentos y cadenciosos. Cuando salió del parque hacia la calle donde se encontraba la "Librería de viejo", apresuró el paso, el ruido de los coches y el gentío no le gustaba, distraía su mente de las creaciones hermosas amontonadas en su imaginación con sueños no realizados pero que, sin embargo,  la ayudaban a sentirse feliz.
      La tienda era bonita. Llena de estantes con libros antiguos, hacia honor a su nombre. Se veía vieja pero con esa pátina añeja e imperecedera, impronta del tiempo sobre una belleza marchita. Le pareció que olía a rosas deshojadas, a pétalos de flor secos guardados en una caja como recuerdo de un amor ya muerto...
       Se fijó en un muchacho subido en una pequeña escalera para colocar unos libros en el estante más alto y a la espera de que se acercara al mostrador, sacó sus dos libros del interior de su bolso.

- Quería vender este par de libros. Creo que son bastante antiguos - dijo ligeramente azarada, sentía vergüenza por sacar a la luz frente a otras personas, sus acuciantes necesidades.

       El muchacho se acercó, con celo de entendido en la materia, hojeó los libros detenidamente. En silencio, miró a la mujer directamente a los ojos y recapacitó unos instantes. Cuando se volvía para entrar en la trastienda, de ella salió la figura de un hombre mayor, casi anciano.  Elegante pero discreto, pulcro, con el pelo que cubría su cabeza ligeramente calva, de un blanco mezclado con hebras rubias. Su cara delgada, todavía con el mentón firme, dejaba ver una expresiva mirada de ojos claros tras los cristales de unas gafas sin montura, por su porte, se adivinaba la altura de su extinta juventud. El muchacho le mostró los libros al tiempo de comentar en voz baja unas palabras inaudibles para Ana. El hombre la miró primero  a ella, luego volvió la vista hacia los libros, los observó con cuidado de experto y se dirigió a la mujer.

- Son muy  antiguos y puede ser que tengan algún valor. Si no le importa y quiere dejarlos unos días para su estudio, le podremos dar una respuesta.

       Ana sintió una serenidad imprevista ante aquel hombre que la examinaba con  seriedad. No perdía nada por dejar los libros, el "no" ya lo tenía, por lo tanto, probaría suerte.

- De acuerdo. ¿Cuándo le parece a usted que vuelva?

- Si me  deja un teléfono, la llamaré para darle una respuesta.

       Se despidieron después de dejarle el número telefónico y el muchacho, a instancias del anciano, escribió una nota en la cual constaba se hacían cargo de aquellos dos libros para su estudio. Firmado y sellado con el timbre de la casa, se lo entregó a Ana que lo guardó en su bolso.
       No tuvo ninguna noticia hasta pasada una semana. Sobre las siete de la tarde de un jueves, el teléfono dejó oír el timbre de llamada.

- Buenas tardes, soy Antonio Fernández Cruz, de la Librería de viejo Cruz. ¿Puedo hablar con Ana Cañizares?

- Buenas tardes, señor Fernández Cruz, soy Ana, usted dirá.

- Le llamaba para hablar sobre los ejemplares que nos dejó para su estudio - hizo un corto silencio como si le resultara difícil proseguir la conversación y luego continuó - me gustaría tener una entrevista con usted para charlar sobre este asunto ¿podría ser mañana por la tarde?

       Ana no necesitó hacer ninguna composición de lugar, tenía todo el tiempo libre y aceptó.

- De acuerdo ¿a qué hora?

- Pues me gustaría tener una conversación con usted hasta cierto punto privada - aclaró el hombre -  si no le parece mal podíamos reunirnos a las cuatro o cuatro y media para tomar un café mientras charlamos - volvió a escucharse el silencio y unos segundo después repitió - si a usted no le parece mal, Ana, nos podíamos reunir en la cafetería situada justo al lado de la librería - y antes de escuchar la respuesta, insistió - ¿le parece bien, Ana?

- Sí, por supuesto. Estaré allí sobre esa hora.

- De acuerdo pues, hasta mañana.

      Cuando dejó el auricular sobre el soporte, Ana se quedó indecisa. ¡....un café a las cuatro de la tarde en la cafetería que está justo al lado de la Librería...! ¿Y por qué no en la tienda...? Parecía un poco inusual,  pero bueno, eso intensificaba el interés. Y con ese optimismo en el que cualquier suceso con un ligero signo de excepcionalidad lo agrandaba hasta la aventura más atrevida, comenzó a imaginar escenas que por una parte la convertían en la mujer más rica del mundo y por otra en la dueña de aquella librería de viejo en donde, tal vez, el dueño le propusiera una participación. Entre sueños y elucubraciones más o menos insensatas, llegó la tarde del viernes. Quiso parecer lo más hermosa posible y peinó su pelo corto en unos mechones favorecedores, maquilló con suavidad su rostro para resaltar aquella mirada tristemente soñadora que lo adornaba y se atavió con vaporosas gasas floreadas en tonos sepias y azules muy apropiados para su cabello todavía rubio. Se miró al espejo y se sintió hermosa. Una sonrisa iluminó su rostro y, con alegría, se dirigió al lugar de la cita.
       El hombre la esperaba sentado a una mesa junto al ventanal. Al verlo, pensó en cómo podía haber observado su llegada, su situación estratégica, le proporcionaba una oportunidad de estudiarla detenidamente y una sensación interna casi olvidada, hizo subir el rubor a su rostro. Ana era tímida delante de los hombres, eso nunca pudo dominarlo, por lo tanto, se obligó a usar de la audacia en aquel encuentro. Con la mayor ligereza arrancada de su cortedad se acercó a la mesa. El dueño de la librería se levantó cortés para recibirla y después del saludo protocolario, ambos se sentaron. Mientras les servían el café, comenzó la conversación un poco forzada. Ana comprobó no solo su timidez sino también la del dueño de la Librería a quien le resultaba costosa la fluidez en las palabras. Al fin se impuso la seguridad y el hombre le comentó la falta de una respuesta segura sobre el valor de sus libros. Según le explicó, se había puesto en contacto con un experto norteamericano con el cual trataba para algunos asuntos de su negocio y estaba pendiente de una llamada con el resultado.
       Poco a poco Ana comprendió que el librero la había citado... para nada... Sus palabras podían haber sido pronunciadas por teléfono y entonces fue cuando advirtió el interés de aquel hombre. Aquello era una cita personal disimulada con el pretexto de los libros...Sintió los latidos de su corazón descompasados. ¿Era factible suponer que aquello podía ser un galanteo? Sin saber por qué se sintió feliz, inmensa y atractivamente joven. La mirada atenta  de aquel hombre que conservaba un encanto especial, le había restado años a su vida y, Ana coqueteó. Coqueteó atrevidamente, con descaro, feliz de saberse admirada, hasta el punto de dejar apabullado al librero serio y circunspecto. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz.
       Aquella fue la primera cita a la que siguieron una... y otra... y otra...sin que los libros salieran a relucir. Al fin, la confianza y el amor mutuo se manifestó con fuerza en aquellos dos corazones que ya sólo vivían de sueños. La realidad los había sobrepasado.
       Cuando fueron conscientes de sus sentimientos, después de sincerarse, decidieron abandonar la gran ciudad, donde  ninguno de los dos se sentía a gusto. De mutuo acuerdo se trasladaron al pueblecito norteño donde Antonio conservaba la casa de sus ancestros. Allí, junto al río, con el mar al fondo, en aquella casa rodeada de un pequeño jardín, construyeron un nuevo hogar. No comprendían como la felicidad auténtica había tardado tantos años en llegar.
      Aquel era un día más en su felicidad encontrada. Antonio la esperaba en el piso bajo, sentado junto al mirador. En la mesa camilla un cuenco redondo de porcelana azulada, rebosaba con un ramo de violetas que esparcía algunas hojas marchitas sobre el tapete de la mesa. Ana las recogió y las guardó en el bolsillo de su vestido color crema, le gustaba conservarlas en diminutos saquitos para ocultarlos entre la ropa de los armarios como recuerdos de hermosura abandonada.
        Salieron  gozosos agarrados de la mano como dos nuevos amantes. La felicidad brillaba en aquellos ojos ya cansados de tanto ver cielo inmenso y tierra dura. Con alegría de madurez serena, se dirigieron hacia el  paseo extendido frente al mar, su lugar preferido. Mientras recorrían lentamente el espacio marino,  en sus ojos se reflejaba el azul de las olas. Se miraron y sonrieron. Se cumplía un año de la unión de sus vidas después de aquel enredo de la venta de los libros con el cual se conocieron. El librero la engañó, desde el primer momento conoció el nulo valor de los libros y tampoco  había experto de ningún país de quien esperar respuesta, pero no podía perderla. Su compañía, su persona, su encuentro, valía más que todo el oro del mundo. Antonio improvisó porque su edad no le permitía la audacia de un muchacho. Con gran cuidado, proyectó una cita que aportara los mayores visos de credibilidad y lo había conseguido.
      Ahora, después de un tiempo hermoso de amor reencontrado, retirados ambos del ruidoso ajetreo de la capital, dejaban pasar las horas restantes de sus vidas en una serenidad acompañada de un amor profundo.
      Bajaron hasta la playa. Descalzos, caminaron por la orilla mientras contemplaban como el agua mansa se acercaba en pequeñas olas para llevar con dulzura sus huellas hacia las profundidades misteriosas envueltas entre arenas y espumas blancas. El viento acariciaba sus rostros; por enésima vez,  cruzaron  sus miradas y, felices, besaron al mismo tiempo aquellos labios que ya comenzaban a marchitarse, poseedores, sin embargo,  del dulzor de la fruta en sazón, hecha, la más sabrosa, la  que  deleita los sentidos porque ha madurado  a base de tiempo en el árbol de la vida, aguantando los embates de las tormentas, las lluvias, los soles implacables mientras continúan prendidas en la rama  a la espera de que, una mano sabia, las arranque para disfrutar de su sabor único. Ese era el galardón de la espera, el amor profundo, el amor sereno, el amor tardío pero seguro. Ana se sintió feliz, se acurrucó entre los brazos de aquel hombre que ya no apretaban con fuerza pero entregaban el calor de la permanente estabilidad,  y con esa rapidez mental imaginativa tan propia, analizó toda su existencia. Se le había exigido mucho, pero la vida, al final, le había premiado con una paga extra. MAGDA.